Intenté
protestar pero mi madre colgó el teléfono dejándome con la palabra en la boca.
Ya no pude volver a navegar en el Nautilus durante el resto del día.
A las cinco de la tarde me presenté en su casa. En
cuanto yo llegué, María se marchó. No me dio tiempo a preguntarle a qué hora
iba a regresar. Se me hacía cuesta arriba pensar que tenía que soportar a mi
madre durante toda la tarde. ¿Qué diferencia podía existir entre soportarla el
miércoles o el jueves? Teóricamente, ninguna. Sin embargo, a mí me resultaba
difícil.
Al cambiar la
rutina me preguntaba qué iba a hacer al día siguiente, que era el día de
visita. ¿Cómo iba a cambiar un hábito tan arraigado en mí? Mientras andaba con
los pensamientos revueltos, recogí a mi espíritu que me esperaba nervioso
sentado en los escalones. Se metió dentro de mí como buenamente pudo, peor que
otros días porque yo tenía el cuerpo más desbaratado que de costumbre. Bajé las escaleras corriendo, de dos en dos
como hacía cuando era más joven y salí a la calle.
Y en la
esquina empezó mi verdadera inverosimilitud. Me detuve en la acera, esperando
que cambiara el semáforo. A lo lejos, en mitad del tráfico de la calle, vi un
taxi con la luz verde encendida. Yo nunca tomo un taxi, siempre voy andando a
todas partes. Inconscientemente levanté la mano porque me picaba la cabeza y me
rasqué la nuca. Me picaba mucho como si me hubiera llenado de chinches o pulgas
en casa de mi madre. Tan absorto estaba en mis picores que no me di cuenta de
que el taxi se detuvo a mi altura con gran chirrido de frenos. El hombre que lo
conducía salió de su interior y abrió la portezuela de atrás. Alguien, a quien
no pude ver, me empujó por la espalda y me obligó a entrar en el coche
sentándose a mi lado. Protesté porque yo no tenía intención de tomar el taxi,
amenazándoles con que no estaba dispuesto a pagar la carrera, pero me obligaron
a callar de un manotazo en la nuca. Se me pasaron los picores de inmediato.
Ambos hombres dialogaron unos segundos en un idioma que no comprendí y que me
sonaba a chino. Horas más tarde me enteré que era cantonés, aunque para mí no
existía diferencia entre los sonidos, ¡Oiga, oiga! ¿Quiénes son ustedes? El que
se había sentado a mi lado me miró fijamente. Tenía cara de chino, desde luego,
Tú callado, me dijo.
Yo no estaba
por la labor. No me gusta que me contraríen y todo aquel día había sido una
continua contrariedad, desde la llamada de mi madre coartando mi misión en el
Nautilus, a las obcecadas instrucciones del jefe y para rematar el día, la
visita a casa de mi madre en un día que no correspondía. Me faltaban los
chinos, Quiero bajar de este taxi. ¿Quiénes son ustedes? Yo no tengo tratos con
chinos. ¡Exijo una explicación!
El chino como
respuesta me propinó un bofetón de los que se dan con el dorso de la mano, así,
tal cual le viene a uno la inercia natural. Me quedé callado, qué remedio, y
ellos siguieron conversando como si yo no estuviera en el taxi. Ya era de noche
y había perdido la noción de las calles. No sabía por dónde estábamos pasando,
no lograba reconocer ningún edificio. Quise mirar por la ventanilla pero el
chino se percató de mi movimiento y me volvió a arrear otro sopapo, ¡Tú
quieto!, chilló como una vieja histérica. Aquel chino me estaba empezando a
acobardar con su violencia. Me dolía la mejilla. Sus sopapos eran contundentes
y sin miramientos. Atravesamos una calle amplia pero solitaria. El taxi frenó
con un ruido seco. Los chinos empezaron a discutir, aunque al final resultó ser
un diálogo agrio. El chino que conducía paró el motor y el peso del silencio me
dejó hundido en el asiento del coche.
El chino
conductor sacó un cigarro y lo encendió. Fumaba con avidez, dando unas caladas
profundas mientras mantenía apoyada la cabeza en el reposacabezas. Cerró los
ojos. Yo lo veía a través del retrovisor. El chino que estaba junto a mí hizo
lo mismo. Ninguno de los dos tuvo el detalle de ofrecerme un cigarrillo. Puede
que supieran que yo no fumo, porque si me habían raptado, que era lo más
probable, tendrían que saber multitud de detalles sobre mi vida. ¿Sabrían lo de
mi inverosimilitud? ¡Imposible!, me dije. Nadie lo sabía. ¿Nadie? Sólo mi madre
lo intuía. ¿Habría sido ella capaz de ordenar que me raptaran? ¿Con qué fin? No
podía ser un secuestro con rescate puesto que ella no tenía dinero, ni yo
tampoco. Descarté la idea por absurda. Pero, ¿y si lo que quería era que me
dieran una lección? Sin poderlo evitar empecé a temblar convulsivamente aunque
no hacía frío dentro del taxi y me entraron unas irresistibles ganas de orinar.
Necesito salir, le dije al chino en un susurro. Él me miró de tan mala forma
que pensé que me iba a propinar otro sopapo. Sin embargo, no lo hizo, ¿Para qué
salir?, respondió sin dejar de mirarme, Me estoy ..., y le hice una seña para
indicarle mis necesidades.
