lunes 19 de marzo de 2012

ESPERANDO AL CAPITAN NEMO - Folletín -Entrega III


Intenté protestar pero mi madre colgó el teléfono dejándome con la palabra en la boca. Ya no pude volver a navegar en el Nautilus durante el resto del día.
A las cinco de la tarde me presenté en su casa. En cuanto yo llegué, María se marchó. No me dio tiempo a preguntarle a qué hora iba a regresar. Se me hacía cuesta arriba pensar que tenía que soportar a mi madre durante toda la tarde. ¿Qué diferencia podía existir entre soportarla el miércoles o el jueves? Teóricamente, ninguna. Sin embargo, a mí me resultaba difícil.
Al cambiar la rutina me preguntaba qué iba a hacer al día siguiente, que era el día de visita. ¿Cómo iba a cambiar un hábito tan arraigado en mí? Mientras andaba con los pensamientos revueltos, recogí a mi espíritu que me esperaba nervioso sentado en los escalones. Se metió dentro de mí como buenamente pudo, peor que otros días porque yo tenía el cuerpo más desbaratado que de costumbre.  Bajé las escaleras corriendo, de dos en dos como hacía cuando era más joven y salí a la calle.
Y en la esquina empezó mi verdadera inverosimilitud. Me detuve en la acera, esperando que cambiara el semáforo. A lo lejos, en mitad del tráfico de la calle, vi un taxi con la luz verde encendida. Yo nunca tomo un taxi, siempre voy andando a todas partes. Inconscientemente levanté la mano porque me picaba la cabeza y me rasqué la nuca. Me picaba mucho como si me hubiera llenado de chinches o pulgas en casa de mi madre. Tan absorto estaba en mis picores que no me di cuenta de que el taxi se detuvo a mi altura con gran chirrido de frenos. El hombre que lo conducía salió de su interior y abrió la portezuela de atrás. Alguien, a quien no pude ver, me empujó por la espalda y me obligó a entrar en el coche sentándose a mi lado. Protesté porque yo no tenía intención de tomar el taxi, amenazándoles con que no estaba dispuesto a pagar la carrera, pero me obligaron a callar de un manotazo en la nuca. Se me pasaron los picores de inmediato. Ambos hombres dialogaron unos segundos en un idioma que no comprendí y que me sonaba a chino. Horas más tarde me enteré que era cantonés, aunque para mí no existía diferencia entre los sonidos, ¡Oiga, oiga! ¿Quiénes son ustedes? El que se había sentado a mi lado me miró fijamente. Tenía cara de chino, desde luego, Tú callado, me dijo.
Yo no estaba por la labor. No me gusta que me contraríen y todo aquel día había sido una continua contrariedad, desde la llamada de mi madre coartando mi misión en el Nautilus, a las obcecadas instrucciones del jefe y para rematar el día, la visita a casa de mi madre en un día que no correspondía. Me faltaban los chinos, Quiero bajar de este taxi. ¿Quiénes son ustedes? Yo no tengo tratos con chinos. ¡Exijo una explicación!
El chino como respuesta me propinó un bofetón de los que se dan con el dorso de la mano, así, tal cual le viene a uno la inercia natural. Me quedé callado, qué remedio, y ellos siguieron conversando como si yo no estuviera en el taxi. Ya era de noche y había perdido la noción de las calles. No sabía por dónde estábamos pasando, no lograba reconocer ningún edificio. Quise mirar por la ventanilla pero el chino se percató de mi movimiento y me volvió a arrear otro sopapo, ¡Tú quieto!, chilló como una vieja histérica. Aquel chino me estaba empezando a acobardar con su violencia. Me dolía la mejilla. Sus sopapos eran contundentes y sin miramientos. Atravesamos una calle amplia pero solitaria. El taxi frenó con un ruido seco. Los chinos empezaron a discutir, aunque al final resultó ser un diálogo agrio. El chino que conducía paró el motor y el peso del silencio me dejó hundido en el asiento del coche.
El chino conductor sacó un cigarro y lo encendió. Fumaba con avidez, dando unas caladas profundas mientras mantenía apoyada la cabeza en el reposacabezas. Cerró los ojos. Yo lo veía a través del retrovisor. El chino que estaba junto a mí hizo lo mismo. Ninguno de los dos tuvo el detalle de ofrecerme un cigarrillo. Puede que supieran que yo no fumo, porque si me habían raptado, que era lo más probable, tendrían que saber multitud de detalles sobre mi vida. ¿Sabrían lo de mi inverosimilitud? ¡Imposible!, me dije. Nadie lo sabía. ¿Nadie? Sólo mi madre lo intuía. ¿Habría sido ella capaz de ordenar que me raptaran? ¿Con qué fin? No podía ser un secuestro con rescate puesto que ella no tenía dinero, ni yo tampoco. Descarté la idea por absurda. Pero, ¿y si lo que quería era que me dieran una lección? Sin poderlo evitar empecé a temblar convulsivamente aunque no hacía frío dentro del taxi y me entraron unas irresistibles ganas de orinar. Necesito salir, le dije al chino en un susurro. Él me miró de tan mala forma que pensé que me iba a propinar otro sopapo. Sin embargo, no lo hizo, ¿Para qué salir?, respondió sin dejar de mirarme, Me estoy ..., y le hice una seña para indicarle mis necesidades.

lunes 12 de marzo de 2012

ESPERANDO AL CAPITAN NEMO - Folletín II

En la oficina soñaba y transformaba los sueños en realidades intangibles para los demás. Mientras movía papeles de un lado para otro, comprobaba cifras irreconciliables entre las cuentas, hablaba por teléfono con clientes descontentos, o fingía atender todos los asuntos laborales, mi mente estaba lejos de todo aquel mundo gris y opaco. Soy un inverosímil de aspecto ascético porque mi inverosimilitud se desarrolla como un río subterráneo que, casi nunca, es visible a los ojos humanos. Esta necesidad no está basada en mi desarrollo personal, aunque resulte increíble. Yo busco constantemente ese sentido de inverosimilitud para ser diferente a la masa que me rodea. Es una manera, como otra cualquiera, de mostrar mi desacuerdo con el sistema, con las normas que nos regulan, contra la mediocridad de la mente humana y el conformismo. Nada tiene que ver con llamar la atención. Aunque, he de confesar que empieza a preocuparme el punto de vista de los médicos.
Lo cierto es que la inverosimilitud no se busca, te alcanza. Si hubiera que ir en pos de ella, sería como ser explorador, en continua búsqueda de aventuras. No, no es este mi caso. Los acontecimientos deben desarrollarse por sí mismos, viniendo hacia mí y confiriéndome la suerte de su definición de sorprendentes, extraños, raros o incomprensibles para cualquier mente poco habituada a la fantasía, a la irrealidad, aunque francamente ¿qué es más real? ¿Acaso el mundo que vemos lo es? La realidad es mudable, cambiante según nuestro estado de ánimo, dependiendo de que llueva o haga sol o haga frío, o ¿Existe la misma realidad ahora que hace cinco minutos?
Cuando soy inverosímil me siento siempre igual. Mi estado mental no muda porque mi mundo es intangible. Huelga explicar estas cosas a la gente, nadie me entendería. Ni siquiera los médicos, que me miran como si yo estuviera loco.
Mi madre (o lo que queda de ella. Hace muchos meses que no la veo) vive en un barrio antiguo, un barrio que aún no ha llegado a la decrepitud aunque para ello sólo hay que darle tiempo al consistorio municipal. Un barrio que se ha ido poblando de extranjeros al mismo tiempo que despoblando de autóctonos. Hay chinos, malayos, ecuatorianos, hindúes, árabes, qué sé yo, habitantes de todos los puntos del planeta. Ir por la calle es como hallarse en una Babel.
Yo iba a visitarla cada semana, siempre el jueves y pasaba la tarde con ella. El jueves es el día libre de María, la chica ecuatoriana que vive con ella. Me aburría mucho hacerlo porque me obligaba no sólo a la monotonía, sino también a alejarme de mi vida interior de inverosímil que es la que realmente me llena. Mi madre, con la excusa de mi parecido con mi abuelo, me impedía manifestarme como soy.  Me obligaba a estar alerta durante las cuatro fatigosas horas que duraba la visita porque no cesaba de preguntarme, de interrogarme, de hablarme, de regañarme. Perdía conmigo todo su sentido del humor, me  acosaba con recriminaciones y, de verdad, me agotaba.
La única vez que viví en toda su plenitud mi vida de inverosímil fue un miércoles. El único miércoles agradable que ha existido en mi vida. Lo cierto es que empezó mal. Me llamó mi madre al trabajo en el momento en que yo navegaba, en mi faceta de inverosímil, con el capitán Nemo y le ayudaba en su proyecto de construir una ciudad subacuática. En ese instante también simulaba escuchar la explicación interminable de mi jefe, creo que era su teoría sobre la comunicación. Sus teorías eran siempre unívocas y unidireccionales, ya que sólo él hablaba. No creo que haya cambiado su forma de ser desde que ya no trabajo. A mí no me importaba gran cosa porque mientras él monologaba yo disfrutaba de mi faceta oculta, de mi gran secreto. El único inconveniente era cuando se le ocurría preguntarme si le estaba atendiendo. La verdad es que tenía que realizar un esfuerzo adicional porque no era fácil volver a una realidad que no me interesaba. Algunas veces pensaba que me podía volver loco.
 Cuando recibí la llamada de mi madre, aquel miércoles, pensé que había sucedido una desgracia. Descolgué el teléfono y me encontré su voz alegre al otro lado del auricular, justo en el momento en que estaba pilotando el Nautilus. ¿Qué sucede, madre?, Tienes que venir esta tarde, ¿Por qué? Hoy es miércoles. No es el día de visita, María tiene que ir al médico, ¿No puede ir mañana?, le respondí malhumorado, No, me respondió ella más malhumorada, Te espero esta tarde. Que yo sepa, tú no tienes nada importante que hacer.


Y continuará ....

martes 6 de marzo de 2012

ESPERANDO AL CAPITAN NEMO - Folletín por entregas




De ser cierto lo que dicen, eso de que cada persona nace con una cualidad o característica para distinguirse del resto, yo, de haber podido elegir, hubiera escogido ser inverosímil.
 Sólo una vez logré mi deseo y entré en el círculo mágico de lo asombroso sin necesidad de soñarlo ni de imaginarlo, pero ya se sabe que nada bueno dura mucho tiempo. Mi aventura finalizó y regresé a la normalidad, a la opacidad diaria. No se puede ser inverosímil a tiempo parcial. No es serio.
Los médicos que me atienden me observan como a un espécimen de laboratorio. A veces creo que no tengo un lugar entre sus estudios psicológicos y eso me reconforta pues me hace sentir como lo que siempre he anhelado ser: inverosímil.
Hubiera deseado no haberme parecido a nadie de mis antecesores, ni dejar huella alguna en mis sucesores. La primera opción es imposible, me he tenido que conformar con ser y vivir como una persona totalmente insubstancial, que es el resultado de la genética familiar por parte materna. La segunda será mucho más fácil puesto que no creo que llegue a engendrar ningún hijo: no he conocido a ninguna mujer que me haya soportado más de dos días consecutivos.
Me parezco, eso dicen, a mi padre aunque yo por mucho que mire las fotos no encuentro ninguna semejanza entre nuestros rasgos. Mi padre era un hombre alto y fornido, tenía los ojos claros y tristes como si de tanto mirar al mar se le hubieran humedecido y sintiera nostalgia de lo que hay más allá del horizonte desconocido. Se dejaba crecer el bigote sin medida, se lo arreglaba diariamente con una goma especial que le preparaban en la droguería y se lo atusaba ante el espejo antes de ir a trabajar. Estoy seguro de que tanto su bigote desmedido como sus ojos tristes eran una argucia para llamar la atención, para ser inverosímil y salir del anonimato con que le había castigado la vida. 
Mi madre es, en el fondo, una mujer alegre aunque no siempre sonría, y a simple vista pueda parecer contradictorio en una persona anodina. Esta es mi teoría, extraña e incomprensible según los psiquiatras. Sin embargo, mi madre es así y cuantas más desgracias parece acumular, más contenta se muestra, como si de esa manera pretendiera ahuyentarlas. No obstante esa virtud, no pasa de ser normal. Dudo que ella hubiera deseado ser en algún momento de su vida algo más de lo que era. Ciertamente no lo dudo, lo afirmo. Ella siempre ha creído que este afán mío por la inverosimilitud era debido a algún trastorno nervioso, heredado del abuelo Matías, su padre, que emigró a Cuba cuando mejor le iba en España. Allí se casó con una criolla, (lo que le convirtió en bígamo) por llamar la atención y tuvo quince hijos con ella cuando la pobreza más le encogía los ánimos. Eso le dio al abuelo un aire de inverosimilitud cuando regresó a España. Nadie le creía cuando contaba su historia y mi abuelo, por lo que yo pude captar, se complacía en relatarla una y otra vez porque la incredulidad ajena le convertía en un personaje de novela. Mi madre está convencida de que yo he heredado esa manía, que ella considera absurda. Cómo le voy  a explicar que para mí es todo lo contrario y que no me parezco en nada ni al abuelo ni a mi padre. Desgraciadamente, los médicos opinan lo mismo que ella.


Continuará .. to be continued que dicen en las pelis.