Lluvia. Nostalgia. La edad que no perdona. La memoria que se transforma. Desde el recuerdo la lluvia significa hogar, lo que en su momento significó fastidio.
La claraboya de la casa era la boca del pozo del cielo. Del cielo llovía agua que caía como una riada de los ojos de algún santo que penaba por los males terrenales. Cuando llovía, la claraboya se abría en grietas dolorosas que rezumaban el malestar del santo y nos inundaba el portal, la escalera y la portería de la abuela Paula. Debíamos de ser en aquellos tiempos pretéritos grandes pecadores pese a la condición católica de nuestro país, porque los santos lloraban con gran aflicción y estridencia. Los lagrimones de los santos del cielo golpeaban el cristal y salían despedidos de nuevo hacia el aire o rodaban por las mejillas heladas de la claraboya formando un reguero que se despeñaba con estruendo por el hueco de la escalera. Por la noche el olor helado de la humedad se esparcía por toda la finca, un olor de pobreza mezclado con la fritanga de las patatas o los huevos que producía tembladera. La luz solía irse, nos quedábamos a oscuras, a veces hasta la mañana siguiente. Nos alumbrábamos con vela y convertíamos la casa en una solemne catedral de sombras y miedos.
El brasero chisporroteaba debajo de las faldas de la mesa camilla como un averno misterioso donde se fundían como en un crisol de mago los múltiples pecados por los que nuestros santos derramaban lágrimas heladas.
Esas noches no escuchábamos la radio, no había nada que nos distrajera de la interminable longitud y potencia de la lluvia: su sonido espantaba cualquier pensamiento y nos condenaba a la inactividad. Esas noches plúmbeas Matilde, Perico y Periquín no venían a casa a entretener el momento de espera antes de la cena y la casa se iba impregnando de los olores que la cocina económica - negra y brillante - despedía a la luz de unas velas.
El techo encima de mi cama turca también lloraba desde unos ojos que cada vez eran más grandes, más extensos, que se esparcían por el techo como un animal rampante, se transformaban de color desde el marrón apagado hasta el caqui de los uniformes militares. De cada uno de aquellos ojos arrastrados comenzaban a manar unas gotitas, un lagrimeo tierno de animal frágil y luego se convertía en un llanto desgarrado, y todo eran prisas, la colcha se había mojado, las mantas también y pesaban como demonios, unas mantas que mi abuelo había traído del tren, de cuando era jefe de no sé qué tren, una era roja y otra de color marrón. Mi madre traía palanganas, la tía traía pozales, y las gotas que caían sin cesar dentro del pozal metálico, clic, clic, clic, clic, como un martirio chino mientras todos los santos del cielo seguían llorando sin cesar, mi cama desaparecida, y yo preguntándome dónde me iba a tocar dormir.
El último llanto de los santos del cielo fue una gran tromba de agua. Maldije a todos los santos que andaban llorando porque con su llantina produjeron un corto circuito que nos dejó sin luz en pleno invierno, a primeros de Enero, poco antes de que muriera mi madre.
La claraboya se rompió y por aquel agujero oscuro e infernal caía el agua como un vómito que asustaba. Hacía frío, mucho frío y mucha humedad. Faltó la luz durante bastantes horas. Mi madre se helaba y la tía también. Yo me sentía desesperada, inútil, impotente y lloré tanto como los santos ingratos que desatendían mis plegarias.

Qué bien transportas a esos recuerdos de humedad, rabia e impotencia, y qué gracia: Matilde, Perico y...
ResponderSuprimirAbrazos
Isabel, cuando una empieza a recordar de esa manera es que se le van cayendo los años encima, me temo.
ResponderSuprimirAbrazos también para ti
El poder olvidar es un regalo, como lo es también recordar.
ResponderSuprimirEsa impotencia, los apagones,la humedad. La vida de alguien deseosa de cambios, de ser útil. Creí que eran los ángeles los que lloraban :)
Besos
Muchas veces es necesario recordar para olvidar del todo.
SuprimirLo escrito es un episodio más de la vida.
Besos
Elena, me he quedado atrapada en tu relato, ya me lo he leído tres veces y cada vez descubro un detalle nuevo, me ha encantado la forma en que has descrito la impotencia, la falta de luz, como has retratado esa época oscura, he llegado a sentir la humedad y la melancolía que desprende. Me quedo con algunas frases magistrales: " Nos alumbrábamos con vela y convertíamos la casa en una solemne catedral de sombras y miedos." "Desde el recuerdo la lluvia significa hogar, lo que en su momento significó fastidio".
ResponderSuprimirRepito, sencillamente genial.
Un abrazo, compañera
Está lleno de nostalgia ahora que forma parte del pasado. En su momento dolió un poco.
SuprimirGracias, querida compañera
Precioso relato, poético, melancólico. Te leo una tarde de mucho calor, sin embargo ese frío húmedo y oscuro del que hablás me calal hasta los huesos. Tal empatía con lo escrito me sucedió sólo una vez antes, con un cuento de Jack London: Encender un fuego.
ResponderSuprimirEn la pantalla o en el papel, siempre es un placer leerte, Elena.
Un abrazo.
Vaya, que yo te haga sentir algo parecido a lo Jack London es mucho para mí.
SuprimirMuchas gracias Patricia
Consigues atrapar en esa sensación de impotencia y abandono que narras. Por cierto, lo leo mientras llueve un poco aquí, y acaba de irse la luz, casualidades.
ResponderSuprimirme alegra que consiga atraparte.
Suprimires un gran elogio. Es lo que quiere cualquiera que escriba
Muchas gracias.
Me encanta la manera de trazar el mecanismo del recuerdo a través de los distintos aguaceros. Muy original, y como siempre la prosa ajustada y precisa.
ResponderSuprimirAbrazos.
Gracias, Agus.
SuprimirEl agua y la lluvia siempre marcó mucho mis recuerdos.
Abrazos
Elena, me ha gustado como desde las primeras líneas hasta la última letra me ha agarrado el relato y no me ha soltado. Decía una canción de Raimon: Al meu país la plutja, no sap ploure, o plou poc o plou massa.
ResponderSuprimirEs cierto que antes, supongo por las construcciones y también por el clima, cuando llovía —mucho más que ahora— era un drama. Siempre ocurría, la luz sin duda con cuatro gotas se iba. Y si a esto le sumas, como en el relato, que vives en una casa humilde, pues ya imagínate.
Me gustó mucho.
Bessets.
Y es verdad la canción de Raimon. En este momento está lloviendo a cántaros en Valencia.
SuprimirMuchas gracias por tus palabras
Magnífico viaje al pasado. Me ha emocionado mucho.
ResponderSuprimirMuchas gracias, Jorge. Es una gran piropo.
SuprimirAbrazos
Elena, este relato es como una tela de araña, en la que te pegas y sientes que no puedes dejar.
ResponderSuprimirLa memoria como fondo, los recuerdos como abrazos o aguijones. Una prosa sedosa, suave, envolvente.
Una maravilla.
¡Que gusto visitarte!
Un abrazo,
Gracias por tus palabras, Pedro. Me anima mucho tus comentarios.
SuprimirEs un placer verte por aquí.
Un abrazo para ti
Leer tu relato es recordar mi infancia. La casa donde nací era como la de tu relato, la lluvía entraba a raudales por la clarabolla y por los ventanales del comedor, el brasero nos abrasaba las piernas y nos salían cabras, pero las tardes de primavera olían a jazmín y a pan con chocolate.
ResponderSuprimirUn abrazo
¡Perdón por la falta de ortografía! claraboya es con Y griega, pero cuando escribes en internet un fallo ya no lo puedes arreglar aunque te fastidie.
ResponderSuprimirNos leemos
Me suenan mucho los recuerdos que cuentas. Los de nuestra generación, más o menos, son siempre parecidos.
SuprimirUn beso
Plas, plas, plas...
ResponderSuprimirBesos desde el aire
Gracias Rosa
SuprimirSaludo al auditorio.
Conmovedores y entrañables estos recuerdos de lluvia, de esos santos puñeteros que no paraban de llorar y llenarlo todo de humedad incómoda, impávidos ante las súplicas de una niña hastiada de tanta lluvia.
ResponderSuprimirUn abrazo, estimada Elena.
Gracias Isabel.
SuprimirLa niña se fue haciendo mayor.
Otro abrazo para ti.
Ya te vale, Elena, me has calado hasta el tuétano...
ResponderSuprimirjajaja.
SuprimirMe olvidé decirte que cogieras el paraguas.
Se palpa la miseria ene este relato plagado de bellísimas metáforas. Me ha encantado, Elena.
ResponderSuprimirUn besito,
Gracias Alice.
SuprimirOtro beso para ti
Precisamente hoy tenía que leer ésto. ¡Qué frío!
ResponderSuprimirPues mira que no lo hice adrede. Ni siquiera miré el tiempo.
SuprimirUn texto intenso, hipnotizador y emocionante. Por mucho que llueva un día acaba saliendo el sol, y éste todos los matices de la vida aletargada por el gris.
ResponderSuprimirMe ha gustado mucho. Un beso en un día lluvioso.
Hola, quizás os interese saber que tenemos una colección que incluye el relato 'A Piece of Steak' de Jack London en versión original conjuntamente con el relato 'Sonny’s Blues' de James Baldwin.
ResponderSuprimirEl formato de esta colección es innovador porque permite leer directamente la obra en inglés sin necesidad de usar el diccionario al integrarse un glosario en cada página.
Tenéis más info de este relato y de la colección Read&Listen en http://www.ponsidiomas.com/catalogo/james-baldwin---jack-london.html
Me gusta: "La claraboya de la casa era la boca del pozo del cielo".
ResponderSuprimirAh!, ¿eras tú Elena aquella chiquilla que secaba mis lágrimas?
Lo has clavado, lo he vivido, ese sortear cubos, orinales, palanganas mientras el techo lloraba. La humedad metida en las sábanas, vestirse bajo las mantas...
Ha sido un viaje a mi pasado, muy bien contado.