martes, 30 de agosto de 2011

UN TIPO VIRTUAL

De pronto, una mañana se percató de que era un ser virtual. De pronto, reconocerse como un ser inexistente le llenó de zozobra. De pronto, darse cuenta de que sólo existía como un heterónimo de sí mismo, le confundió. Se marchó al baño a mirarse al espejo.
El ser que veía tenía ojos y de ellos manaban lágrimas transparentes como el cristal líquido de las pantallas de ordenador. Se llevó un dedo a un ojo y retuvo una de las lágrimas virtuales que recorrían el reguero que sus compañeras ya habían formado. La lágrima sabía a sal, como si fuera una lágrima real. Se metió un dedo en la nariz y encontró, aparte de un hueco, un líquido pegajoso: tenía mocos, exactamente igual que su heterónimo.

Se sentó en la taza del water y meditó durante un buen rato mientras las lágrimas y los mocos hacían su función habitual. Se puso perdido el traje de chaqueta y la corbata.
Al levantarse, se volvió a mirar en el espejo para cerciorarse de que su imagen no se había difuminado. No, allí estaba, como siempre. Pero, ¿qué sucedería si con el paso de las horas se volvía transparente o invisible? Se volvió a sentar sobre la tapa de la taza del water y continuó su largo camino desde la meditación a la perfección.

Se durmió porque nunca había sabido meditar, se lo decía su mujer: así no se medita, hombre, que te duermes. Al despertar sintió una extraña paz. Se levantó de la tapa de la taza del water más relajado. Con precaución se acercó al espejo, y ¡tate! Ya no estaba. Luego era cierto que se había convertido en el heterónimo virtual del tipo que venía a trabajar con la corbata.
Analizando la situación
el novedoso contexto donde ahora se tendría que mover, llegó a la conclusión de que, como ser virtual, transparente como el líquido de la pantalla del ordenador, carecía de órganos internos, sensoriales, sensitivos y, si le apuraban, sensatos. No tenía estómago, ni hígado. Ni lo más importante: corazón. Y se alegró, aunque fuera una incongruencia, ya que no tenía sentimientos. Porque no tenerlos significaba que nunca más sentiría el mismo dolor que esa mañana le había azotado, cuando un amigo, que él creía y sabía real, con unas pocas palabras le había convertido definitivamente en virtual.

martes, 23 de agosto de 2011

ESPECIE INDEFINIDA




Mi mujer empezó trayendo un perro al piso, después un gato y luego una tortuga. Cada día recoge un animal indefenso nuevo. Yo ya la he dejado por imposible, aunque no hemos tenido más remedio que mudarnos a una casa de campo.

No sé cómo definir lo último que ha recogido por ahí, aunque no me importa. Sólo sé es que es hembra y que me voy con ella a su planeta.

Imagen Blog de Jardinería

jueves, 18 de agosto de 2011

LOS MENSAJES DE SAN PAUPILIO (Santo Patrón y Viajante)

Le sonó el móvil en el bolsillo con la sintonía del waka-waka. Abrió la tapa y casi lo tira al suelo del susto. La imagen de Jesucristo ocupando la pantalla, con los brazos abiertos y coronado por un aura dorada, le decía: "Hijo mío, acércate a mí"
Buscó quién era el remitente pero, misteriosamente, no apareció. Pensó que había sido una broma de algún colega. Borró el mensaje y guardó el móvil en el bolsillo. Al momento sonó otra vez el waka-waka. Al abrirlo vio que no era Jesucristo, sino su madre, la virgen María, con el mismo comentario. Sin remitente. Lo borró.
El tercer mensaje que recibió llevaba la imagen de San Paupilio, santo patrón y viajante, con una recomendación: "Si bebes y no puedes conducir, aprovecha para ir a misa. Te sentirás reconfortado y podrás dormir la siesta"
¡Cómo pille al colega que me está haciendo esto, se va a enterar¡ dijo mientras cerraba el móvil. El waka-waka dio paso a la sintonía de llamada. Lo abrió de nuevo pensando que era el colega bromista.
— ¡ya está bien¡ ¿no te parece, tío?
— Hijo mío, soy san Paupilio, santo patrón y viajante. Debes regresar al redil de los puros.
Lo último que pudo escuchar san Paupilio fue un golpe seco y el 'pip,pip,pip' de la desconexión del teléfono.
— Otro que se ha desmayado. Con este ya ven cinco esta mañana. Mire que se lo decía, pater, que esta no es la mejor manera de llenar la iglesia.

viernes, 12 de agosto de 2011

PAN CON VINO Y AZUCAR

Tras la muerte de mi abuela Tomasa, la vida continuó, como siempre ocurre, entre recuerdos, llantos, tristezas y alguna que otra alegría. Continué subiendo a casa de la Luisa muchos años más donde pasaba muchas tardes ociosas, después del colegio. Yo era allí la reina de los mares, todos me hacían caso, me mimaban y nunca parecía estorbar. En mi casa había demasiada gente siempre entrando y saliendo para que se fijaran en una niña menuda, de pelo pincho y que solía lucir una mueca adusta para que nadie entrara en su mundo de fantasía, y el caso es que en el piso de arriba también había mucha gente y más variopinta que la que transitaba por mi casa.

En el piso de arriba vivían la yaya Isabel, de la que apenas recuerdo nada y su hija Amada, que era la pequeña. Una de las que más recuerdo es a la Cristina, que me quería mucho, y tenía un defecto en los pies que le hacía caminar muy mal. Tenía una hija que se llamaba Matilde, que nació con padre, pero luego la yaya le prohibió a la Cristina que viviera con él porque a ella no le gustaba el marido de su hija, conque Matilde vivió muchos con unas tías, que eran modistas y con su madre. Su padre se fue a Madrid y yo nunca lo conocí. Esto es lo que creo que me contó mi madre. No sé si es la versión cierta o la aproximada. No dudo de nada porque yo no lo recuerdo.

También estaba la Luisa, que era hija de la yaya y me peinaba muchas veces porque le gustaba hacerme aquellas trenzas tan delgadas y largas que salían con mi poco pelo. Ella era la que me daba de merendar pan con vino y azúcar.

Vivían también en la misma casa el tío Andrés, como yo le llamaba, la Josefa que tenía mucho genio y su hija que se llamaba Isabel, como la abuela.

Pero todo esto, una vez que te pones a pensarlo, no es nada original, porque todo el mundo que yo conocía tenía o había tenido una abuela que los bañaba en una palangana metálica rebosante de agua templada. También tenía vecinas y vecinos como los míos, aunque lo que no tenían todos era una bisabuela muy mayor — noventa y nueve años tenía cuando se murió — que además meaba en el water, no como la portera del patio de al lado que meaba de pie.

Este hecho que quizás pasara inadvertido para la gente, a mí me llamaba mucho la atención. Ocurría de la siguiente manera: la mujer en cuestión salía de su portería y paseando se acercaba asta el bordillo de la acera, situaba una pierna en dicho bordillo y la otra en la calzada, encima de los adoquines, justo sobre el arbellón y allí, con certera puntería, dejaba caer el líquido sobrante de su cuerpo. Algunas veces se ponía detrás del único coche que había aparcado en toda la calle y que era del padre de mi cuñado Pepe, antes de que éste fuera mi cuñado. No recuerdo si era ya novio de mi hermana, porque creo que lo fueron media vida, pero en aquellos momentos lo que me intrigaba era si la portera era capaz de mear de pie sin mojarse las enagua. Nunca lo llegué a saber porque nunca me atreví a preguntarle a sus nietas que eran amigas mías, y menos aún a las personas mayores por las posibles consecuencias que mi curiosidad me pudiera acarrear.

Ahora que ya me he hecho mayor y veo las cosas desde la distancia incluso desde el olvido o la manipulación que nos hace el cerebro con los recuerdos, puedo comprender a mi madre cuando decía que quedarse embarazada de mí le produjo un tremendo disgusto. Quedarse embarazada con cuarenta años, en las circunstancias que rodeaban mi familia, con dos hijos ya mayorcitos, no debió de ser plato de buen gusto.

Lo único que siempre me molestaba era que lo decía y repetía ante cualquier auditorio, sin tener en cuenta que yo pudiera estar delante y me pudiera sentir ofendida.

El tiempo todo lo mitiga. Mi malestar hace ya tiempo que desapareció, exactamente en el momento en que comprendí cuáles eran las circunstancias que rodeaban aquel embarazo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA TERRIBLE HISTORIA DE LOS VIBRADORES ASESINOS- Miguel Ángel Buj

LA TERRIBLE HISTORIA DE LOS VIBRADORES ASESINOS

Miguel Àngel Buj

Mira Editores- 238 páginas

Tras leer el título, cualquier puede imaginar que se va a encontrar con una novela de humor y así es. Para abrir boca, nos enteramos en el primer capítulo, de cómo el protagonista de la novela, Ajonio Trepileto, se ve envuelto en la historia de la explosión y posterior deceso de una mujer en Barcelona por la utilización de un vibrador.

Ajonio, como su nombre indica, es un tipo curioso. Está en libertad condicional y regenta un Sex Hop, aunque bajo licencia de tablao flamenco. El vibrador explotador es de la serie Big Julius, adquiridos por Ajonio a su amigo Josefino, de los cuales, tres habían sido vendidos en su incomparable comercio a una impresionante rubia.

Y aquí comienza la increíble historia del intento de recuperación de los tres Big Julius por parte de Ajonio, lo que le llevará a recorrer Barcelona, Zaragoza, Madrid y Sitges, teniendo esta última población un interés determinante para empezar a atar cabos. Para todo ello cuenta con la inestimable ayuda de Claudita, una oronda y peligrosamente cariñosa novia, camionera por más señas, devoradora de doritos, entre cuyas voluminosas carnes Ajonio siente perder la vida y el aliento cada vez que ella si sitúa encima de él para la habitual coyunda.

El resto de los personajes principales son igualmente sorprendentes: Zoé, la imponente rubia compradora de vibradores y un poco pilingui; su marido, el acaudalado empresario, Don Ferrán Musmunt Archipiau, gerente de Corporación Calamar y afectado de una enfermedad denominada “trifilia” (cuyos síntomas ustedes tendrán que averiguar) y la sin par Claudita.

La novela es una sonrisa continua, cuando no se ve uno atacado por una carcajada, como aquí, por poner un ejemplo:

“Solo podía mover el brazo izquierdo y los músculos de la cara. De esa guisa, mientras Claudita suspiraba palabras de amor y yo gruñía un sordo rumor con la cabeza creo que aprisionada en uno de sus sobacos, logré palpar con un dedo un agujero o hendidura que, por no ser muchas las que tienen las mujeres y ser aquella de notable profundidad, identifique con aquella que más utilizan las féminas en tales lances….

Continúa:

…. “¿Cómo soy? – pregunté deseando saber en realidad cómo estaba.

- ¡Qué gracia! ¡Qué cosquillas! ¡Nunca antes me lo habían hecho por el ombligo!

El lenguaje utilizado por Ajonio Trepileto es pintoresco. Resulta sorprendente leer el florido verbo y, al mismo tiempo, imaginar las múltiples vestimentas que usa a lo largo de la novela, junto con los variados efluvios que su cuerpo emana.

Una novela de humor absolutamente irreverente, con grandes recursos cómicos y singular lenguaje que te va atrapando hasta el desenlace final, inesperado por cierto, con la que pasar unos buenos ratos de lectura.





GRANDES MICRORRELATOS 2011

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