De pronto, una mañana se percató de que era un ser virtual. De pronto, reconocerse como un ser inexistente le llenó de zozobra. De pronto, darse cuenta de que sólo existía como un heterónimo de sí mismo, le confundió. Se marchó al baño a mirarse al espejo.
El ser que veía tenía ojos y de ellos manaban lágrimas transparentes como el cristal líquido de las pantallas de ordenador. Se llevó un dedo a un ojo y retuvo una de las lágrimas virtuales que recorrían el reguero que sus compañeras ya habían formado. La lágrima sabía a sal, como si fuera una lágrima real. Se metió un dedo en la nariz y encontró, aparte de un hueco, un líquido pegajoso: tenía mocos, exactamente igual que su heterónimo.
Se sentó en la taza del water y meditó durante un buen rato mientras las lágrimas y los mocos hacían su función habitual. Se puso perdido el traje de chaqueta y la corbata.
Al levantarse, se volvió a mirar en el espejo para cerciorarse de que su imagen no se había difuminado. No, allí estaba, como siempre. Pero, ¿qué sucedería si con el paso de las horas se volvía transparente o invisible? Se volvió a sentar sobre la tapa de la taza del water y continuó su largo camino desde la meditación a la perfección.
Se durmió porque nunca había sabido meditar, se lo decía su mujer: así no se medita, hombre, que te duermes. Al despertar sintió una extraña paz. Se levantó de la tapa de la taza del water más relajado. Con precaución se acercó al espejo, y ¡tate! Ya no estaba. Luego era cierto que se había convertido en el heterónimo virtual del tipo que venía a trabajar con la corbata.
Analizando la situación — el novedoso contexto donde ahora se tendría que mover—, llegó a la conclusión de que, como ser virtual, transparente como el líquido de la pantalla del ordenador, carecía de órganos internos, sensoriales, sensitivos y, si le apuraban, sensatos. No tenía estómago, ni hígado. Ni lo más importante: corazón. Y se alegró, aunque fuera una incongruencia, ya que no tenía sentimientos. Porque no tenerlos significaba que nunca más sentiría el mismo dolor que esa mañana le había azotado, cuando un amigo, que él creía y sabía real, con unas pocas palabras le había convertido definitivamente en virtual.





