Harta de dar vueltas en la cama, de pasar calor y ponerme nerviosa, me levanté y me fui al sofá. Encendí la tele a ver si me entraba la modorra. A los pocos minutos, presa del mal humor, la apagué.
Me quedé traspuesta. Entonces sentí un roce en el pie. En la duermevela pensé que era el gato que estaba haciendo de las suyas. Sin llegar a abrir los ojos recordé que yo no tenía gato, ni perro ni hámster ni tortugas. Supuse que había sido una lengua de brisa. Encogí los pies e intenté volver a dormirme.
Un nuevo roce, esta vez en el otro pie, me obligó a abrir los ojos. Creí morirme del susto. Ante mí estaban dos mujeres y me sonreían. Me incorporé de un salto. Me froté los ojos porque es lo que hacemos cuando creemos no ver con claridad.
Me dijeron que no me asustara. Es que pasaban por allí y les apetecía hacerme una visita. En un primer momento no las reconocí. Estaba todo muy oscuro y ellas tan transparentes que sus facciones quedaban, como diría yo, desvaídas.
Somos nosotras, tus vecinas, a las que convertiste en protagonistas de tu novela. ¿Nos recuerdas ahora?, dijeron al unísono.
Y me entró el pánico. Me acordé en ese mismo instante del comentario que hizo mi madre cuando vio la portada del libro. "Si levantaran la cabeza" y así había sido o yo estaba sufriendo alucinaciones. Se me estaban manifestando, igual que mi padre hacía con mi madre.
¿Qué les iba a decir? ¿Cómo iba a justificar las escenas de sexo que había escrito en su nombre? Ellas, sin embargo, parecían tan tranquilas. Seguramente la muerte les había otorgado un status distinto al que tenían en vida, cuando yo las conocí, cuando ellas me conocieron.
Venimos a darte las gracias, dijo María, la protagonista de la novela, la más pacata en vida. Las gracias, dije yo en un susurro, las gracias de qué.
Se echaron a reír, las escuché perfectamente. La voz era mucho más nítida que sus facciones.
Pues de qué va a ser, de habernos hecho sentir vivas aunque sea de manera ficticia. Porque, no nos negarás que una escena como la que tuve con el marido de aquí mi amiga no es para alegrar el cuerpo.
Yo no salía de mi asombro. Ahora debemos marcharnos. Me dieron las gracias y se fundieron con la pared.
sábado, 22 de enero de 2011
jueves, 20 de enero de 2011
sábado, 15 de enero de 2011
LEYENDO- LOS POBRES DESGRACIADOS HIJOS DE PERRA - Carlos Marzal
No sé si seré capaz de explicar, cuando lo termine, las bondades de estos relatos. No lo sé porque mis palabras nunca llegarán a alcanzar la excelencia de lo que Carlos Marzal ha escrito.Por si no sé hacerlo, vayan pensando en comprar el libro.
Si Carlos Marzal es un gran poeta, como narrador es magnífico.
miércoles, 12 de enero de 2011
UN LUGAR ACOGEDOR - LA CLANDESTINA
Muchas veces, cuando escribo un relato imagino espacios pequeños, lugares acogedores donde no se perciba ninguna sensación asfixiante a pesar de esa reducción espacial. Sitios en los que uno puede sentirse cómodo, a gusto, disfrutando de un efecto placentero.
Esto es lo que he sentido desde el principio en La Clandestina, la librería que cierra sus puertas este mes, la librería donde tuve el placer de presentar Tribulaciones de un sicario por primera vez, incluso antes que en Valencia.
La librería donde conocí a muchas de las personas con las que he trabado una pequeña amistad o, al menos, una relación personal muy gratificante de la que me siento satisfecha.
En esta librería, sede de Editores Policarbonados, hemos visto nuestros libros expuestos, publicados con cariño, con maestría, con buen gusto por iniciativa de Marisa, que para eso es la maquetadora, y de Shara y Mariano que han llevado el peso de su publicación. No me olvido de Carlos.
No me agrada que cierren las librerías pero en este caso es comprensible. Y, mirándolo desde el punto de vista egoísta, hubiera sido peor que cerrara la editorial.
Sólo quiero agradecerles su amistad, que seguirá a través de los Policarbonados, su buen hacer, su honradez, su cariñosa acogida, sus desvelos, sus mimos hacia mis libros y mi persona. Porque los que no estuvieron en la presentación de las Tribulaciones no saben que me regalaron un pequeño concierto de cámara en directo. Sabiendo mi debilidad por la música, los amigos de Mariano cantaron para nosotros y fue muy emotivo.
Por eso, siempre habrá un lugar acogedor en mi memoria para la Librería la Clandestina y para el tipo de coleta que vendía los libros.
Esto es lo que he sentido desde el principio en La Clandestina, la librería que cierra sus puertas este mes, la librería donde tuve el placer de presentar Tribulaciones de un sicario por primera vez, incluso antes que en Valencia.
La librería donde conocí a muchas de las personas con las que he trabado una pequeña amistad o, al menos, una relación personal muy gratificante de la que me siento satisfecha.
En esta librería, sede de Editores Policarbonados, hemos visto nuestros libros expuestos, publicados con cariño, con maestría, con buen gusto por iniciativa de Marisa, que para eso es la maquetadora, y de Shara y Mariano que han llevado el peso de su publicación. No me olvido de Carlos.
No me agrada que cierren las librerías pero en este caso es comprensible. Y, mirándolo desde el punto de vista egoísta, hubiera sido peor que cerrara la editorial.
Sólo quiero agradecerles su amistad, que seguirá a través de los Policarbonados, su buen hacer, su honradez, su cariñosa acogida, sus desvelos, sus mimos hacia mis libros y mi persona. Porque los que no estuvieron en la presentación de las Tribulaciones no saben que me regalaron un pequeño concierto de cámara en directo. Sabiendo mi debilidad por la música, los amigos de Mariano cantaron para nosotros y fue muy emotivo.
Por eso, siempre habrá un lugar acogedor en mi memoria para la Librería la Clandestina y para el tipo de coleta que vendía los libros.
viernes, 7 de enero de 2011
UN LEJANO ENERO
En esta casa de tres pisos exteriores, dos interiores y terrado que aparece a la derecha de la foto hemos crecido todos, hasta yo, que he sido el último mono y nací por equivocación porque según dicen todos, no me tocaba. Cuando me engendraron, las fuerzas de la naturaleza se desencadenaron, la primavera fue lujuriosa, el dinero corto y el amor quizás un tanto contrahecho por los acontecimientos. Por eso, pienso yo, nací tan chiquitina y con tanto frío en el cuerpo. Por eso, digo yo, el frío de aquellos primeros días de un lejano Enero se fue quedando en el recuerdo y desapareció lentamente a base de los rescoldos de cariño que recibí de propios y extraños. Y del pan con vino y azúcar que me daban mis vecinas de arriba, que todo hay que decirlo, estaba muy bueno.
La familia fue amplia. La casa era un continuo ir y venir de gente, un lugar acogedor donde nunca se sabía con certeza cuántos éramos. Yo siempre he nombrado mi casa como la fonda de la tía Amparo. En mi casa siempre había espacio para todos. Las primas de Requena venían al médico y solían quedarse a dormir en casa, si la situación lo requería. En caso contrario, cogían el primer tren de la mañana y regresaban en el de la noche.Si necesitan pernoctar en casa, no había problema. Todas las camas tenían dos colchones de lana o de borra. Se sacaba uno y se tiraba al suelo, donde hubiera espacio, ya fuera en el recibidor o en alguna de las habitaciones.
La relación de mi madre y la tía Pili con sus primas de Requena siempre fue muy estrecha, más que primas parecían hermanas. Este tipo de relación es una de las cosas que hemos perdido. Tenemos siempre tantas prisas para llegar a ningún sitio en concreto que nos vamos dejando en el camino las visitas, las conversaciones y los chocolates con pan duro para mojar.
Nada había pero todo se compartía, igual un plato de arroz o de lentejas o las anchoas que preparaba mi madre y que ponía en el centro de la mesa para que todo el mundo fuera comiendo. Unas cuantas barras de pan y el problema estaba solucionado. Y como siempre decía ella: "lo que falte de pan, lo pondremos de hambre".
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