miércoles 14 de diciembre de 2011

RESTOS ARQUEOLÓGICOS


          
Uno, al final, se olvida de las cosas. La vida es así. Van pasando los años y los acontecimientos recientes se van sumando a los anteriores como los restos arqueológicos en las ciudades: Un día abren una zanja para reparar una tubería del gas y, aparte de colapsar el tráfico, encuentran un enterramiento de la época romana. Y todos nos aprestamos a recordar  lo que una vez fuimos. Y te sorprendes, vaya si te sorprendes. Te sorprendes de que falte tiempo para volverlos a tapar. No nos gusta, en el fondo, reconocer que fuimos quienes fuimos.
Ayer me dio por revolver en los cajones de la vieja cómoda, esa que está, desde tiempo inmemorial  en el desván. Y allí encontré la fotografía. Me costó reconocerlo: lucía espeso bigote y sonrisa confiada. Miraba a la cámara con la generosidad de quien se encuentra a gusto consigo mismo. Un afán que creía olvidado me impulsó a seguir hurgando. Apartando cosas inservibles emergieron, como restos arqueológicos,  las fotografías de todos los demás. Con cierta prevención, las fui amontonando sobre la mesa, formando una baraja y me dispuse a hacer un solitario.
Una vez extendidas sobre el tapete, se me ocurrió pensar que esos rostros, ya fríos, que miraban a la cámara, me estaban ahora observando desde el otro lado y no pude evitar  un escalofrío.  Con el sudor recorriéndome la espalda, registré entre el resto de objetos del cajón de la cómoda y encontré la pistola. Abrí la recámara. Solo quedaba una bala. Amontoné de nuevo las fotografías y disparé sobre esos rostros para matar, esta vez, mis recuerdos.

18 han interpretado conmigo:

  1. Una bala para deshacerse de los recuerdos, para cortar el ancla, para soltar lastre.

    Intenso, intimista, irónico.

    Un micro formidable, Elena.

    Un abrazo.

    ResponderSuprimir
  2. Me temo que si quiere eliminar los recuerdos tiene que dirigir la pistola a su propia sien.

    Un micro muy bueno. Nada extraño en ti por otra parte.

    Un abrazo, compañera.

    ResponderSuprimir
  3. Tremendo cuento para leer en estas fechas en las que los recuerdos se amotinan...

    Si tu libro tiene textos espléndidos como este, no me extrañan las excelentes críticas recibidas

    Bravo!

    ResponderSuprimir
  4. Para mi, la bala no mataría los recuerdos. Sería más bien como una gran puntada y quedarían cosidos a mi memoria, a fuego, para siempre. No, creo... que prefiero un fuego, unas cenizas, un soplo y... a otra cosa mariposa.
    Un beso.

    ResponderSuprimir
  5. No creo que una bala pueda matar los recuerdos, sin embargo Elena, el texto es absolutamente perfecto.
    Me ha gustado mucho la trama y el final sorprendente.
    A veces pensamos que nos olvidamos de las cosas, pero basta un solo gesto para que vuelvan a nuestra memoria...

    Besitos mediterráneos.

    ResponderSuprimir
  6. A mí me dio una vez por quemar fotos y, bueno, lo cierto es que al menos te libras de la posibilidad de volver a encontrarlas y que te espoleen la memoria.
    :)

    Besets, Elena.

    ResponderSuprimir
  7. No sé, me parece un micro desgarrador, esa necesidad de matar los recuerdos, es algo más que una bala lo que está utilizando...
    Me gusta mucho, parece que me lo están narrando aquí cerca de una manera precisa y pausada.

    Besitos

    ResponderSuprimir
  8. Nos ha dado a las dos últimamente por aniquilar recuerdos en nuestros relatos...

    Me ha encantado!

    ResponderSuprimir
  9. Uf, creía que el final iba a ser otro. Muchísimo mejor que no haya sido el que me esperaba

    ResponderSuprimir
  10. ¡Ojalá se pudieran matar ciertos recuerdos con un balazo! Y sin embargo, son parte de tu vida.

    Muy bueno comparar recuerdos unidos a fotografías y otros objetos, con restos arqueológicos.

    Abrazos al cubo.

    ResponderSuprimir
  11. Yo también creía que se iba a matar para añadir su foto.

    Es curioso que Araceli y tú hayáis hecho un micro sobre calaveras, aunque con distinta historia.

    Leyéndolo de nuevo, prefiero tu final.

    Besos y mis mejores deseos de felicidad.

    ResponderSuprimir
  12. Uy, yo había pensado que la bala iba a ir hacia el otro lado... menos mal

    Besicos

    ResponderSuprimir
  13. La irracionalidad al que nos lleva un miedo que parece sustentarse el algo que realmente le/la marcó a fuego de por vida.

    ResponderSuprimir
  14. De pronto me he dado cuenta que el blog está muy oscuro ...
    A ver si te lees unas novelas románticas y dejas de matar gente, empiezo a preocuparme. Te voy a mandar por correo una novela de K. Mansfield :)
    Besosss

    ResponderSuprimir
  15. La muerte y la comunicación después -con ángel o sin- te ronda desde Demasiado tarde :)

    ResponderSuprimir
  16. Tengo tendencia a conservarlo todo. Cualquier estupidez me parece digna de ser guardada en un cajón. Y los cajones me devuelven unos bofetones increíbles, de vez en cuando.

    No sé si una bala puede matar un recuerdo, pero apuesto que los cubos de la basura son el cementerio de muchos, y algunos, desde luego, merecen juicio sumarísimo y garrote vil.

    ResponderSuprimir
  17. Impresionante final. Me ha gustado pasar por tu espacio, recomendado por Mita.
    Enhorabuena por ese libro.
    Saludos.

    ResponderSuprimir
  18. Creo que el tiro que el oficial da al fusilado en la cabeza se llama "tiro de gracia". Eso es lo que hace el protagonista con los retratos que le miran desde el pasado, de aquellos que sospecho que ordenó fusilar. Para mi ese "encontré LA pistola" me indica que fue el "asesino de gracia". Me ha gustado lo que cuentas y cómo lo cuentas. Pero por ahora habrá que esperar otra vez unos años para excavar, pero olvidar no se olvida.

    ResponderSuprimir

Han interpretado...

Archivo del blog