Mi abuelo, sentado a la cabecera
de la mesa del comedor, seguía con el dedo índice las rayas de colores del
hule. Así un día tras otro desde que se jubiló y su mundo devino en unos surcos
vitales que siempre conducían al mismo lugar. Desde la cocina mi madre le
observaba.
Una noche, durante la cena, la
botella de agua desapareció en uno de los surcos del hule. Detrás del rastro acuoso que dejó, comenzamos a buscar al abuelo.

Me ha venido a la memoria el hule que poníamos en el pueblo, cuando estábamos de vacaciones. Nunca se usó mantel.
ResponderEliminarHace unos trece o catorce años que no he vuelto a la casa del pueblo, incluso estando muy cerca, pero siempre que mi subconsciente puede relacionar algo con aquellos días de verano o Semana Santa, lo hace sin encomendarse ni a dios ni al diablo.
Por no hablar de los brazos de gitano con crema que hacía la señora Josefina o de las moras que cogíamos por el campo...
El hule de mi infancia, en la casa del pueblo, era de cuadros. Del abuelo quedó grabado el repiqueteo del anillo de casado, sobre el tablier de un Gordini en el que viajábamos apretadísimos toda la família, como señal "sutil" de su molestia y de recomendarle a mi padre que moderara la velocidad. Fíjate que alcanzábamos a lo sumo los 80 quilómetros por hora.
ResponderEliminarUn día, al llegar a casa, se desplomó y se fue.
¡Ay...los abuelos!
Una abraçada, Elèna.
¿apareció?... Amiga mía tienes una mención especial en mi blog. Es más que merecido.
ResponderEliminarUn abrazo.
Me ha encantado tu relato, la originalidad del hilo conductor y el ritmo del texto.
ResponderEliminarTe felicito.
Un abrazo, compañera
Se perdió en sus pensamientos abstraídos, ¿para siempre?
ResponderEliminarConozco esas miradas vacías, abismadas de interior, el brillo acuoso de los ojos de los mayores. Me gusta cuando son tranquilos y recuerdan, lo verbalicen o no.
Un abrazo, Elena.
Ay...
ResponderEliminarQue pasada
ResponderEliminarYo habría hecho igual que tu abuelo,perderme entre las rayas del hule, pinta muy emocionante, bien por el. Me gusta mucho tu blog, es muy agradable la sensacion que me produce bucear entre tus letras.
SALUDOS
Elèna, estremecedor que el abuelo se pierda entre el hule. Pero si era su deseo o su sino... nada se puede hacer. Me ha gustado la originalidad y la ternura del relato.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hay vidas que se nos van así, y se deslizan como el agua sin apenas darnos cuenta.
ResponderEliminarBesos, Elèna.
Mi hule tenía cuadros...
ResponderEliminarBesicos
No tenía otra cosa qué hacer. Pobre abuelo.
ResponderEliminarUn saludo indio
Hanciendo surcos tan profundos...
ResponderEliminarBesos
Las líneas paralelas, que sólo se cruzan en el infinito, son tan independientemente perversas, que de vez en cuando se tragan abuelos enteros para no sentirse tan solas. Los hules de flores son más amistosos, aunque mareen... :-)
ResponderEliminarPrecisamente este fin de semana he ido a comprar un hule. Espero que no sea uno de estos carnívoros como el de tu relato ;-)
ResponderEliminarJorge. En mi casa, sobre el hule, siempre se ponía un mantel a la hora de comer y cenar. El hule tenía la función de tapar la fealdad de la mesa. Y ahí es donde mi abuelo se entretenía en contar las rayas. Yo sí que he vuelto al pueblo, de hecho me he comprado una casa.
ResponderEliminarFanal. Hay hules para todos los recuerdos. Nosotros no teníamos coche y viajábamos en tren y después cogíamos un autobús. No creo que alcanzáramos ni los 60 por hora. Pobre abuelo tuyo.
Sergio. Gracias por esa mención especial.
ResponderEliminarUn abrazo
Esperanza. Gracias. Me alegro de que te haya gustado.
Isabel. Andaba perdido muchos años en sus pensamientos. Creo que se fue apagando poco a poco.
ResponderEliminarUn abrazo
Irre. Sí, ay
Una metáfora muy dulce para lo que es este viaje hacia ningún sitio.
ResponderEliminarBesos.
Meme. Gracias por la visita. Me alegro de que te sientas a gusto.
ResponderEliminarSaludos
Nicolás. Gracias por el comentario. Son recuerdos que van a apareciendo con los años.
Un abrazo
Zarzamora. Mi abuelo se fue deslizando hacia la muerte muy despacio y en silencio.
ResponderEliminarBesos
Belén. Es que había para todos.
No comments. Pues sí, indio, pobre abuelo.
ResponderEliminarMita. A fuerza de clavar la uña ya ves lo que ocurrió
Alice. La verdad es que sí, las flores son más simpáticas que tanta raya, pero es lo que había.
ResponderEliminarMiguel. Asegúrate antes de ponerlo sobre la mesa.
Una forma de irse, poquito a poco y en silencio. Me gusta como lo has narrado.
ResponderEliminarBesitos
El abuelo había partido hacía tiempo.
ResponderEliminarEsa noche fue evidente para los demás.
Un saludo.
Venía a preguntar si ya ha aparecido el abuelo. Ando preocupada...
ResponderEliminarBss
Elena,
ResponderEliminarHe saltado de casa de Agust a la tuya. Y he decidido, con tu permiso quedarme por aquí. Me han gustado tus letras.
Siempre me aflige el abismo de la mirada de un anciano, esos ojos dolientes, esos años pasados, de recuerdos y de olvidos. Esa espera, ese aguardo de la muerte...Como ya ha dicho alguien hace tiempo que el abuelo se había ido...
Una abrazo
Me encanta el giro fantástico del relato, el abuelo sí que sabía...
ResponderEliminarUn abrazo
Cuándo es le presentación?
Ya sé que en Los diablos azules ;)
Rosana
Eres mi mentora o referente, en cuanto a micros y muchas otras cosas. Aquí sigo, fijándome en las líneas de tu mantel.
ResponderEliminarBesos
La imagen me recuerda un mantel que tuvimos en la infancia. Y no, no tuve abuelo.
ResponderEliminarMe encanta leer tus brevedades.
Yo también he visto mesas con hule y las recuerdo con cariño.
ResponderEliminarTu relato empieza pero no acaba sino en la imaginación del lector, como los mejores.