
Silver Kane cabalga de nuevo. He leído en una revista esta tarde.
Silver Kane es un pseudónimo que trasladó con sus novelas a miles de españoles al lejano Oeste norteamericano. Durante el franquismo los ejemplares baratos firmados por él volaban de los kioskos. Pero ese pseudónimo y ese éxito escondían una triste realidad: la de un autor apremiado por necesidades alimenticias y crucificado por la censura, que debía vender su pluma al mejor postor.
Al leer la noticias he regresado al pasado, no tan lejano como podría parecer.
En mi casa siempre ha habido libros. Solían ser de mi hermana a quien yo se los quitaba para poder leerlos.
Aunque también teníamos una colección de novelas del Oeste porque mi padre era un gran aficionado a este tipo de historias. No sé qué ha sido de la colección que tenía de Zane Grey. Supongo que se la llevaron junto con los muebles.
Pero lo normal en aquellos tiempos del franquismo no era comprar los libros. No había tanto dinero entonces como para formar una gran biblioteca. Lo más habitual era ir al kiosco — paraeta, decimos en València — y cambiarlas por otras cuando ya las habías leído.
Mi padre las devoraba. Se reía, se indignaba y, sin darse cuenta, formaba parte de la tropa de vaqueros que cabalgaban por las praderas del duro Oeste americano, aunque esos paisajes estuvieran descritos desde aquí, desde una mesa en cualquier rincón de una ciudad española.
Cuando ya se había leído tres o cuatro, las envolvía en un papel de periódico y me mandaba a la paraeta de la esquina a cambiarlas por otras tantas. Así, teníamos, digo teníamos porque las novelas pasaban por varias manos en casa, lectura para unos cuantos días.
Recuerdo ahora los escritores que desfilaban por sus manos. Aparte de Zane Grey, leía a Marcial Lafuente Estefanía, a José Mallorquí y a Silver Kane – Francisco González Ledesma, que ahora vuelve a publicar con el seudónimo pero sin tener las necesidades acuciantes de aquellos tiempos pasados.