
En mi casa conocí la música; de la voz de mi madre aprendí a amarla. Escuché multitud de romanzas de zarzuela mientras desayunaba pan con mantequilla y chocolate y el sol entraba a raudales por la puerta de la galería, dándome en la espalda.
Mientras mi madre cocinaba cantaba o cuando estaba disgustada, que era cuando mejor lo hacía, cuando su voz era más limpia, cuando alcanzaba los registros más agudos.
Mi madre no cantaba en voz alta para que no la escucharan las vecinas y pudieran recriminar su comportamiento, pero cantaba en voz queda, con la finura y la sedosidad que la caracterizaban y suplía la ausencia de esa música alegre y optimista que ayudaba a hacer la vida más llevadera. Cuando no entonaba romanzas de zarzuela, cantaba canción española, coplas de Concha Piquer en especial.
Hay quien no entiende esta debilidad, esta necesidad de música. Seguramente porque no ha experimentado la emoción que se produce en el cuerpo cuando las notas arrancan en la entrada de las orejas y se cuelan por los rincones de la mente causando vibraciones y sensaciones que estremecen los más hondos sentimientos de los que es capaz el ser humano.
Mi madre no cantaba en voz alta para que no la escucharan las vecinas y pudieran recriminar su comportamiento, pero cantaba en voz queda, con la finura y la sedosidad que la caracterizaban y suplía la ausencia de esa música alegre y optimista que ayudaba a hacer la vida más llevadera. Cuando no entonaba romanzas de zarzuela, cantaba canción española, coplas de Concha Piquer en especial.
Hay quien no entiende esta debilidad, esta necesidad de música. Seguramente porque no ha experimentado la emoción que se produce en el cuerpo cuando las notas arrancan en la entrada de las orejas y se cuelan por los rincones de la mente causando vibraciones y sensaciones que estremecen los más hondos sentimientos de los que es capaz el ser humano.


