domingo, 28 de febrero de 2010

Pan con mantequilla y música




En mi casa conocí la música; de la voz de mi madre aprendí a amarla. Escuché multitud de romanzas de zarzuela mientras desayunaba pan con mantequilla y chocolate y el sol entraba a raudales por la puerta de la galería, dándome en la espalda.
Mientras mi madre cocinaba cantaba o cuando estaba disgustada, que era cuando mejor lo hacía, cuando su voz era más limpia, cuando alcanzaba los registros más agudos.
Mi madre no cantaba en voz alta para que no la escucharan las vecinas y pudieran recriminar su comportamiento, pero cantaba en voz queda, con la finura y la sedosidad que la caracterizaban y suplía la ausencia de esa música alegre y optimista que ayudaba a hacer la vida más llevadera. Cuando no entonaba romanzas de zarzuela, cantaba canción española, coplas de Concha Piquer en especial.
Hay quien no entiende esta debilidad, esta necesidad de música. Seguramente porque no ha experimentado la emoción que se produce en el cuerpo cuando las notas arrancan en la entrada de las orejas y se cuelan por los rincones de la mente causando vibraciones y sensaciones que estremecen los más hondos sentimientos de los que es capaz el ser humano.

miércoles, 17 de febrero de 2010

APRENDIZAJE


¿Y? respuesta a mi comentario.
¿Y?, insiste
Reconozco la estupidez enseguida. La suya, especialmente.
Los ojos insidiosos, las pupilas algo dilatadas, las aletas de la nariz abiertas, el mentón ligeramente elevado. Insolente.
¿Y?
Ese, ¿y? seco, como un tiro con una recortada.
Ese, ¿y? provocador
Ese, ¿y? desafiante, insinuando: Atrévete ahora a responderme.
Una media sonrisa hacia la comisura desdeñosa.
¿Y?
Sí, reconozco su estupidez. Yo se la enseñé. Y ahora sabe cómo defenderse de mí.

domingo, 14 de febrero de 2010

RESEÑA DE TRIBULACIONES DE UN SICARIO - Isabel Barceló

TRIBULACIONES DE UN SICARIO
“Me asustaba tener que tomar las riendas de mi vida después de tantos años de dejarme llevar por las olas del destino”, declara Anselmo de la Rúa apenas empieza a relatarnos sus tribulaciones como sicario. Una declaración que revela un alto nivel de autoconciencia, adquirida, sin duda, a lo largo de su extraña aventura.
Elena Casero nos relata la historia de Anselmo y su sorprendente conversión en sicario, obligado por las circunstancias. El por qué este hombre ya cuarentón, perteneciente a una ilustre familia venida a menos, se ve envuelto en una red delictiva, es algo que se desvelará a lo largo de las páginas, información sabiamente administrada por la autora. Elena Casero sabe mantener el pulso de la intriga, dosificar la información de modo tal que la historia avanza sin que se produzcan momentos de vacío y sin que quede mermada la curiosidad del lector. Amor, celos, desazón, inquietud, secretos, son ingredientes que se entremezclan en la trama y dan volumen y solidez a los personajes.
Más allá de los dispositivos propios de la intriga, Tribulaciones de un sicario es la historia de una transformación. Con una prosa cuidada y ágil, precisa, que se lee con facilidad y tiene el ritmo adecuado, la autora nos muestra la metamorfosis moral de Anselmo, su (tardío) pasaje a la edad adulta.
Con esta novela que busca no sólo entretener, sino también reflexionar sobre las consecuencias de la ignorancia de sí mismo y del poder sanador de la verdad, Elena Casero se revela como una escritora de raza y deja a sus lectores a la espera de sus próximas publicaciones.

Isabel Barceló

lunes, 1 de febrero de 2010

PÉSAME


La anciana lloraba desconsolada sentada en un banco del cementerio ante una tumba olvidada recubierta de maleza. Se enjugaba las lágrimas con un pañuelo de tela y se movía espasmódicamente al ritmo de sus hipidos. En su regazo mantenía un bolso negro fuertemente apretado. Una chica, que llevaba un ramo de flores en la mano, se acercó a ella.
— ¿Se encuentra bien?
La mujer, sin levantar la cabeza, respondió que no.
— ¿Le puedo ayudar?
La mujer profirió un largo hipido.
— Es muy dura la muerte de los seres queridos — añadió la chica.
— No es eso, hija, no es eso, es que me acaban de robar.
La chica dejó el ramo de flores en un extremo del banco, y se sentó junto a ella.
— Lo siento. Hay mucha gente desalmada por el mundo. Dígame ¿Le han robado mucho?
— Casi todo lo que llevaba. Sólo me han dejado esta pulsera de oro y el dinero que llevo siempre escondido en el bolso.
La chica, entonces, sacó una navaja del bolsillo.

GRANDES MICRORRELATOS 2011