martes, 29 de diciembre de 2009

EL DESGUACE - Manuel Sánchez Vicente

Cuando una piensa en la palabra Desguace siempre imagina un descampado lleno de cosas dispares, múltiples artilugios destripados para ser usados con distinto fin al que tuvieron en un principio.
El libro de relatos de Manuel Sánchez Vicente – Manu Espada, para nosotros – es, en efecto, un sitio lleno de relatos dispares y, a cual mejor, pero con el fin de ser disfrutados con su lectura.
El libro comienza desvelándonos el relato ganador del III Certamen de Poesía y Relato Grupo Buho, un relato corto pero intenso en el que una se siente manzana o astronauta, aún no lo he decidido.
Hay relatos para todos los gustos, porque cada uno de ellos es la visión particular de Manu.
Un punto de vista muy peculiar que le lleva a escribir un relato donde, probablemente, muchos de nosotros no encontaríamos nada que decir.
"Hola. Me presento: soy perro flaco, soy catedrático en pulgas. Quiero a las pulgas por encima de todas las cosas"
o

"No quiero pegarme a más caras ni comer más mocos. No quiero disfrazar más rostros cómicos. ya no seré la guinda roja de un hombre soso" Adivinen ustedes quién está hablando.

El relato sobre la burocracia y el hombre empeñado en patentar un invento, cualquiera. El antídoto de la Verdad o el del Reloj Japonés. El punto de absurdo dentro de la realidad que nos rodea. (O .... así lo veo yo)
Otros duros pero reales, como El Chat que te deja con el cuerpo magullado tras su lectura. O el que da nombre al libro: El desguace.
Hay relatos de todos los tiempos, de cuando él comenzó y de la última etapa, quiero decir, más actuales. Lineas en las que se nota cómo va avanzando en la escritura, en el detalle, en la precisión de las frases y, me atrevería a decir, cómo disfruta escribiendo. Esto no lo sé, no se lo he preguntado, pero yo creo que en todos los libros se pone de manifiesto el interés y el cariño que el autor ha ido dejando a lo largo de las páginas.


Me resulta muy difícil resumir en pocas líneas el buen sabor de boca que su lectura me ha proporcionado. Lo he saboreado, me he recreado en muchos de los relatos, he sonreído, me he sentido incómoda (como Manu supongo que pretendía) y lo he terminado pensando que pronto habrá otro.

Pero ha habido uno, uno en particular que me ha hechizado, incluso he llegado a soñar con él (con el relato, claro, y no es broma). Se titula: Las dos fotos.
Si quieren saber por qué .... sólo tienen que comprar el libro.

martes, 22 de diciembre de 2009

AQUELLAS NAVIDADES

Me gustaba mucho la Navidad. Durante esos días confluían varias cosas que la hacían mágica e inolvidable.
Lo más importante eran las vacaciones. Después, que nos traían el aguinaldo. Solía coincidir con el primer día de las vacaciones, cuando traíamos las notas a casa, y con el día del sorteo de la lotería que cantaban en la radio los niños de San Ildefonso. Los niños de entonces eran huérfanos y recitaban los números mejor que ninguno de los niños de la España de Franco. Mientras ellos cantaban, sonaba de fondo el movimiento del bombo donde estaban las bolas con todos los premios. Años después, cuando mi padre compró una televisión, lo presenciábamos en directo como si estuviéramos en la sala de sorteos.
El aguinaldo era una cesta grande, o me lo parecía, que contenía de casi todo: Un salchichón gordo de textura grasienta que a mí me sabía como un manjar; un chorizo pamplonés; unas latas de atún, melocotón y piña en almíbar, pastillas de turrón, aunque las mejores eran las que compraba mi padre para mi madre, aunque luego se las comía él, en una tienda de la plaza Emilio Castelar, que ya se llamaba del Caudillo, porque el tal Emilio fue presidente de la República, y eso en la España de Franco no se podía permitir.
La tienda era muy cara, se llamaba y se llama: Turrones Galiana. Los turrones que traía la cesta del aguinaldo no eran tan buenos, pero sabían a fiesta.
La cesta no sé quién la traía, quizás fuera también el señor Martín, un señor con bigote que vendía de todo por las casas, desde sábanas de algodón, mantelerías de puntillas de mentiras para las dotes de las casaderas, paños de cocina de algodón, toallas de Portugal y cortinas de encajes por metros. Vendía a plazos y cada semana iba de puerta en puerta. Llamaba al timbre y decía: Zoy Martín. Lo decía así porque era andaluz. Entonces yo abría y luego salía mi madre y le daba un dinero y Martín lo apuntaba en una libretita que llevaba en un bolsillo de la chaqueta.
Pero lo mejor del aguinaldo no era la cesta, era otra cosa que no iba en ella: un pollo, vivo, de cresta colorada, atado por las patas, boca abajo y con cara de no saber qué estaba haciendo allí.
Mi madre lo metía en la cocina. El pollo, atado con un cordel por una de las patas a la pila de lavar, nos miraba con expresión de desconcierto. Yo prefería creer que, más que desconcertado, el pollo estaba aterrorizado porque intuía su inmediato futuro. Nuestro pollo se asemejaba mucho a los pollos que les regalaban a los guardias urbanos que regulaban la circulación cuando no existían los semáforos, o había tan pocos que debían de funcionar con gas. A los guardias la gente les dejaba el aguinaldo de Navidad a los pies de su puesto en medio de la calle, como se ve en algunas películas españolas de Alfredo Landa, pero esa imagen es ya tan antigua que parece inexistente.

sábado, 19 de diciembre de 2009

LA CREACIÓN


Alzó el dedo y creó el mundo en siete días. Hastiado y desilusionado, lo destrozó en siete segundos.
¡Viva Copenhague!

jueves, 10 de diciembre de 2009

RETRATOS - (II)

Suele mirar desafiante porque tras ese desafío, aunque intente no manifestarlo y tú tardes cierto tiempo en darte cuenta, se esconde la inseguridad y la ignorancia sobre asuntos que, presuntamente (como los falsarios) debería conocer. En este caso sobre el trabajo que los demás hacemos y él, presuntamente también, debe coordinar y supervisar.
Camina con prepotencia, con las manos en los bolsillos, arrimadas hacia el interior, muy cerca de los testículos. Pensamos que será porque, si se los nota, se siente más hombre, más seguro de su poderío. Como los leones se siente el rey de la selva. Como los leones, él no caza, él se sienta a esperar que las leonas le traigan el alimento.
Como los leones, sale de su guarida, ruge mientras camina entre las mesas, agitando la melena y recordando que él es quien manda. Como los leones, después de emitir unos cuantos rugidos destemplados regresará a su guarida y no saldrá de ella hasta que la hiena, que se pasea por delante de su puerta, desaparezca de su vista.

martes, 1 de diciembre de 2009

HABLEMOS DE MUSICA

Hace unos diez años me decidí a estudiar solfeo. Una idea que llevaba latente en mi cabeza desde hacía muchos más años.
Convencida de que no me iba a resultar difícil, por aquello del buen oído, emprendí el estudio de compases, corcheas, silencios y demás familia.

Los primeros años fue fácil solfear - compases sencillos y estructuras musicales igualmente fáciles - y lecciones sin excesiva dificultad teórica. Aquello prometía. Pero empecé a chocar con los dictados musicales, tanto rítmicos como armónicos. Distinguir los diferentes ritmos, los compases y las notas tocadas al piano, era otro cantar. Y cantar cantaba bien, eso sí.

Pero llegó tercero y con él, entró el otoño y todo se oscureció.
De repente, las corcheas se complicaron tomando unas figuras extrañas.

Por ejemplo, la primera se hacía más larga y la segunda más corta, dejando un silencio en medio. Pero ¿qué era aquéllo? ¿Por qué me complicaban la vida de esa manera? y quien dice corcheas dice negras, o fusas. O las síncopas, ¿Y qué decir de los dictados? Espantosos. Además, tenía un compañero que lo respondía todo a la primera. Que entendía lo que tocaba el profesor al piano, los compases, todo. Y yo lo miraba y decía, ¡pero si todavía estoy intentando saber cuál es la primera nota y él ya había terminado! Y le daba igual si era un 3/4 como un 5/8.

Evidentemente, yo era la más mayor de la clase.

En fin, llegó cuarto. Ese curso hasta las semifusas se rebelaron contra mí, empeñadas en juntarse en un sólo tiempo de compás hasta el infinito, ¿cómo, pues cantar aquello? ¿cómo decir sin ahogarse, do,mi,sol,fa,re.mi..llenas de alteraciones: de sostenidos, bemoles, becuadros? Me ahogué. Menos mal que contaba con la ayuda de mis hijas, expertas músicos ya por entonces y con infinita paciencia. Ellas ven una partitura y todo está claro. La cantan, la tocan al piano, a primera vista, como quien bebe un vaso de agua.

Ahí no acababa todo, porque mientras tanto había que decidirse por un instrumento. Cogí uno de los más difíciles: el oboe, para complicarlo más. Es cierto que era el que más me gustaba, sabiendo de antemano sus dificultades: las cañas, la embocadura.
Han pasado los años y toco en una banda de música, una de las muchas que hay en València pero no una cualquiera. Esta tiene un gran nivel ya que la mayoría de los músicos han pasado o están en el Conservatorio, unos de grado medio y otros en el superior. Y allí estoy yo, peleándome con las corcheas, algunas siguen arracimadas en un tiempo de compás, más negras que el tizón. A veces se me caen los bemoles al suelo, entonces los piso por si suenan. Otras veces cuando la partitura es muy rápida yo toco lo que buenamente puedo. Eso sí, sé callarme a tiempo. Miro a mis compañeros de cuerda, que podrían ser mis hijos, y me quedo alucinada. Mi profesor está becado en la Filarmónica de Berlín. ¡qué más puedo decir!
Estudio en soledad, en el rincón del inútil, leyendo y tocando una y otra vez los pasajes más complicados.
Pero no todo es malo. Es emocionante sacar el sonido del instrumento, el buen sonido, saber leer lo que el compositor quiso decir y, sobre todo, lo que más me emocionó fue el día que fui consciente de que tenía a Händel sobre el atril.

GRANDES MICRORRELATOS 2011